Dos veces me he puesto en manos de Judith y las dos he salido encantado. Su belleza andaluza, de ojos brujos y curvas bien perfiladas, hace que no puedas dejar de mirarla, y luego, con sus manos de seda, que ella sabe deslizar para que te sientas más relajado que tumbado un atardecer de verano en una playa desierta frente a un mar tranquilo, te hipnotiza, para luego entrar encima tuya con un vaivén de piernas, cuerpo y todo, que te hace casi creer, teniendo en cuenta las particularidades de este tipo de encuentros, que eres protagonista de una de aquellas míticas sesiones orgiásticas romanas. Cuando sales a la calle, después de una sesión de masajes con Judith, el mundo gira más despacio y la vida es más amable. Es la mejor. Una chica de cinco estrellas.

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